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Charlotte Maurelle

Mensaje por Charlotte el Sáb Nov 21, 2015 6:36 am

Apodo: -.
Nombre: Charlotte Maurelle (Lenôtre).
Edad que aparenta: 22 – 23 años (posee menos).

Sexo: Mujer.
Tendencia sexual: Demisexual.

Descripción Física: Alta, esbelta, bastante curvada en general (especialmente en la zona de sus pechos, que es bastante grande).

Tiene una altura de 1,72m con la que logra lucir su figura que destaca por poseer una tersa piel que naturalmente es algo dorada, pero que con la falta de sol los últimos años se ha vuelto blanca y enfermiza, aunque sin marca alguna en la misma a pesar de los maltratos sufridos. Sus hermosos orbes destacan un rubí intenso que es enormemente diluido por su constante mirada perdida y carente de vida. Y, para coronar ese aspecto tan similar al de una muerta en vida, posee una larga y lacia cabellera negra que pareciera no llegar a tocar fin, con un abundante flequillo desordenado enmarcando sus rostro de muñeca.

Lo único en sus facciones que parece alejarse de su “apariencia antinatural” es el hecho de poseer bastante “carne”, lo menos que parece es estar desnutrida: sus mejillas, brazos, piernas y pechos se aprecian bien alimentados.

Descripción Psicológica: Casi podría tachársela de autista. Nunca se le ve expresión alguna en el rostro, no hay vida en sus ojos, sus movimientos son los justos y necesarios para realizar lo que debe en un tiempo adecuado y nada más.

No tiene deseos de ningún tipo: caprichos, preferencias sexuales, alegrías, tristezas. No conoce lo que es expresar emociones, pues todo ello quedó borrado de su personalidad por la cantidad de sufrimiento que le generó la ruptura de sus lazos familiares al tiempo que le quebraban su moral, creencias y esperanzas. Vive una vida de resignación absoluta que no ve ni mala ni buena, de ninguna forma.

Habla poco o nada, en realidad no se la escucha realmente. Es muy callada, incluso con ella misma (y pareciera gustarle sea así). Parece incapaz de sentir dolor alguno tanto físico como psicológico, y tiene una falta enorme de preocupación por su salud física y mental; aunque procura comer. Es algo que le generaron como hábito: comer sus tres comidas al día con al menos 3 descansos de frutas para poder poseer una linda piel y un sabor delicioso (poco le importa el por qué, es simplemente un hábito que no se le puede quitar ya).

Hay una cosa que sí parece poseer a pesar de todos los males que la perjudicaron en su pasado y es: un instinto maternal innato. Busca proteger todo lo que pueda tener el valor de un “hijo” para ella.

Gustos:
- Las fresas.
- El color rojo.
- El aroma a jazmín.
- La oscuridad.
- El silencio.

Odios:
- El olor a sudor.
- El ruido de la voz.
- Que todo sea muy rápido.
- Que todo sea muy lento.
- Su segundo nombre.

Historia: Desde su nacimiento, Charlotte Maurelle Lenôtre, era una niña agraciada, alegre y vivas. Se la podía ver con una sonrisa de oreja a oreja con su obvia falta de dentadura. Tenía todo lo que una niña a esa edad pudiese realmente necesitar: una familia amorosa y unida, un techo cómodo lleno de un buen número de lujos bajo el cual vivir, y el enorme patio de la casa que le permitía poder revolcarse entre las flores y el pasto ya desde que diera sus primeros pasos.

Amaba a sus padres como nada en el mundo. Todo el que podía comentarlo, lo hacía: respecto de la eufórica manera en que ella los abrazaba, en cómo les besaba y de lo mucho que se notaba los respetaba y admiraba. Pero no todo era color de rosas; había incluso cosas que no llegaban a los oídos de ella, entre las que destacaba el tema de la enorme diferencia que había respecto de los genes que poseía y de cómo parecía diferir de los de sus padres.

Pero, ni todo el amor que ella les pudiese haber tenido sirvió de algo para aquel frio invierno previo a cumplir cinco añitos, cuando sus padres la llevaron consigo a altas horas de la noche por un terreno oscuro y escabroso, para terminar en un rincón alejado de la ciudad francesa donde vivían, en el umbral de lo que parecía ser una casa a medio derrumbarse. La despertaron al llegar y tocaron la puerta del lugar los tres juntos, donde les atendió una mujer con buen cuerpo, castaña, y medio desnuda, fumando un cigarro; dentro se escuchaban voces, quejidos y gemidos, que helaron la piel de la menor. La mujer examinó a la niña, que lloriqueó por los abusos que se prestó la despampanante mujer antes de extenderle una bolsa a los padres de la chica, quienes no dudaron en abrirla para asegurarse de que fuese oro lo que tenía.

En un abrir y cerrar de ojos, los aterrados orbes de la niña vislumbraron cómo sus padres se alejaban en el coche, dejándola a su merced, en manos de aquella mujer, que la empujó dentro de aquel tugurio.

Desde aquel día su voluntad fue desgarrada, doblegada, machacada y destruida en millones de pedazos. Violada, torturada, maltratada, de un sin número de distintas formas, hasta generar lo que quedaba de ella en los últimos días. No puede decirse que a causa de aquello su espíritu se volvió astuto, ni que aprendió a convivir; se había resignado a su destino, no creyendo en nada y en nadie: no deseaba vivir, no deseaba morir, simplemente no sedeaba ya nada.

Las pocas cosas que ella podía llegar a demostrar de una muy mínima forma que le generaban cierto apego, eran las que le permitían disfrutar mientras no estaba “de turno”. Eran cosas que simplemente no estaban teñidas con la suciedad de todo lo que la llevó a ser quien era.

Hubiese terminado su vida allí si no hubiese ocurrido lo que ocurrió aquella mañana, cuando nadie esperaba nada. Lo que pareció ser una redada de la policía, de la cual muchas mujeres lograron escapar, se convirtió en lo que ella denominó como un secuestro, pues la habían “secuestrado” de su “hogar”, para ser llevada de contrabando hasta una ciudad muy lejana (en otro continente, aún si ella no lo sabía), para ser vendida en el Mercado Negro que había a las afueras del mismo.

Objetos personales: Las ropas que llevaba tras ser “secuestrada”.

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